VEGANISMOS

¿Qué es el veganismo?

Como comunidad y espacio político, a menudo nos encontramos con distintos imaginarios en torno a la praxis vegana. ¿Es el veganismo una dieta? ¿Una posición ética? ¿Un movimiento político? ¿Es exclusivo de las clases medias y altas de la sociedad? ¿Se manifiesta de manera particular en América Latina? ¿Es una posición importada del Norte global? ¿Es individualista? Como militantes veganxs, es nuestra responsabilidad desarmar algunas de las construcciones que trascienden de nuestra práctica y de nuestro activismo. Como cualquier movimiento sociocultural, encontrar una definición para el veganismo es sencillamente imposible. En primer lugar, porque el veganismo no es uno solo: tiene muchas maneras de manifestarse, es practicado de diversas formas por parte de diversas comunidades, y alberga muchos debates que al día de hoy hacen que no podamos entenderlo de una sola manera. En este sentido, no pensamos al veganismo como una práctica acabada y resuelta, sino como una de tantas otras formas de cuestionar la opresión que se ejerce sobre ciertos cuerpos. Y de esta forma, por su propia naturaleza, está siempre en movimiento. Es con este objetivo en mente que trataremos de repensar algunas de las cuestiones que atraviesan a nuestro espacio, para que tanto quienes se encuentran dentro de él como quienes no lo están nos acompañen en la reflexión continua de lo que, fundamentalmente, se postula como un movimiento de liberación.

 

1. Más que una dieta

 

Una gran parte de la sociedad considera que el veganismo es una dieta, es decir, que la práctica vegana se limita a restringir el consumo de productos animales y derivados a la hora de alimentarse. No obstante, el veganismo es mucho más que eso. Cuando lxs veganxs hablamos de antiespecismo, nos referimos a la necesidad de dejar de considerar al ser humano como el único ser vivo merecedor de consideración moral. En este sentido, nos importa evitar el maltrato, explotación, consumo y tortura de otros seres vivos que no son humanos y pertenecen a otras especies, porque no consideramos que haya motivos para sostener el punto de vista especista que privilegia al ser humano por sobre todo el resto de los cuerpos vivos. Como sabemos, los animales no humanos no son utilizados solamente para llenar un plato de comida: también son empleados en los procesos de producción de vestimenta, cosméticos, capital y muchas otras cosas, además de ejercer trabajo. El veganismo, por lo tanto, no puede limitarse a dejar de comer animales, sino que también implica el cese de consumo de todo producto en cuya cadena de producción un animal haya sido explotado, maltratado o asesinado. Uno -pero no el único- de los criterios que empleamos para justificar el no consumo de estos productos es el de sintiencia. Está científicamente demostrado que los animales pueden sufrir dolor y malestar, sentir placer y experimentar bienestar, y que tienen intereses de diversos tipos. Nos interesa la liberación animal de las cadenas de la explotación humana porque sus cuerpos sintientes tienen el mismo valor que los nuestros, y porque hoy en día es posible vivir bien prescindiendo de su consumo. Elegimos evitar el daño porque consideramos que es lo justo.

 

2. Más que un debate importado

 

Es cierto que, tal como se plantea en los medios masivos de comunicación e incluso en las redes sociales, el movimiento vegano puede parecer un debate reservado para las clases medias y altas, importado desde el Norte global y sobre todo desde los países colonizadores, que plantea cambiar el estilo de vida de las comunidades en torno a sus consumos, como si se tratara de una mera y sencilla elección. Tenemos un nombre para esto: lo llamamos veganismo blanco. El veganismo blanco es el mensaje que trasciende las particularidades de las militancias y se postula como el único posible en apariencia, ese que reduce la cuestión a nimiedades como dejar de comprar un alimento ultraprocesado en el supermercado y reemplazarlo por la compra de otro alimento ultraprocesado vegano que está en la góndola contigua, pero que en ocasiones tiene un precio más elevado. Es el veganismo evangelizador que acusa con el dedo a quienes todavía no recibieron el mensaje revelado de la verdad última por ignorantes, a quienes no se han informado lo suficiente, a quienes son señalados de asesinos cuando muchas veces en verdad son víctimas de la misma estructura de opresión que violenta a los animales. El veganismo blanco está en la televisión, en las redes sociales, en los anuncios y en las empresas especistas que lo aprovechan para generar ganancias con una mera ampliación de sus ofertas de productos. Es presentado como una novedad, como una nueva forma de ser cool, como una posibilidad de rebelarse contra el sistema en la elección de un producto congelado: en resumidas cuentas, como una moda.

 

Pero el veganismo no es una moda, es una manera de habitar el mundo y una forma de resistencia política contra el disciplinamiento de los cuerpos animales. Y en América Latina, la relación con los animales no humanos y con -lo que, quizás equívocamente, podríamos llamar en términos muy generales- la 'naturaleza' no es el mismo tipo de relación que históricamente los países colonizadores del Norte global han tenido con todas las otredades que se encargaron de aniquilar. Basta con echar un vistazo a cualquier cosmología nativa latinoamericana para advertir que la explotación masiva y la producción intensiva de animales para el consumo humano está lejos de ser constitutiva de las prácticas de las comunidades regionales. Lo importado, entonces, no es tanto el debate sobre si es moralmente correcto o no consumir animales, sino el hecho de aceptar sin más que la manera colonizadora de relacionarse con el mundo es la única posible y la única aceptable. Por eso, repudiamos a quienes hacen del veganismo una praxis elitista, blanca y hegemónicamente normada. Nuestro veganismo, el latinoamericano, la práctica situada que llevamos adelante, debe tener en cuenta la peculiaridad de nuestras comunidades y sus relaciones con los seres que las rodean.

 

3. Más que una lucha por los animales

 

Otra de las graves consecuencias que tiene tomar al veganismo blanco como el único posible y descartar a todo el resto de los veganismos existentes alrededor del mundo es pensarlo como una teoría completamente abstracta y alejada de la realidad, impracticable en sus derivas más radicales y desentendida de la coyuntura económica, social y política de muchas regiones. En este sentido, resulta conveniente poner de relieve la existencia de veganismos negros y antirracistas, decoloniales, indígenas, transfeministas, anticuerdistas y anticapacitistas. Las luchas de muchas comunidades oprimidas por la heteronorma, por el racismo, por el colonialismo, por el cuerdismo y por el capacitismo se entrelazan con el veganismo y con el antiespecismo por tener como bandera la resistencia frente a quienes consideran que los únicos cuerpos valiosos son los blancos, cisheterosexuales, europeos, de clase media-alta, neurotípicos y funcionales en el sentido hegemónico del término. Toda vez que los cuerpos que quedan excluidos de esa caracterización son oprimidos, marginalizados, discriminados y violentados, descubrimos un punto de intersección en donde la lucha política y la resistencia contra el sistema opresor, sea humana o sea animal, se encuentran. Esto no quiere decir, por supuesto, que todas las luchas puedan ser reducidas a una sola, o que se trate del mismo fenómeno manifestado de distintas maneras: cada resistencia tiene su particularidad irreductible y las violencias que sufren algunxs no son sufridas por otrxs. Pero sí podemos pensar, a partir de estos desarrollos, que lejos de ser algo ajeno a la realidad, la cuestión de la animalidad (podríamos decir: de lo violentado, de lo excluido, de lo maltratado) nos atraviesa en muchas más dimensiones de las que parece a simple vista.

 

Preferimos pensar al veganismo como algo más que una teoría y como algo más que un argumento. En muchos sentidos, el veganismo es una práctica liberadora que permite repensarnos en tanto cuerpos que valen y que resisten contra la exclusión sistemática, o que incluso nos permite pensar en la comunidad de exclusión como un refugio que opone resistencia a los intentos -en apariencia exitosos, pero en el fondo siempre fallidos- de normar lo que se sale de la regla impuesta por el proyecto Ilustrado de la mismidad.

 

4. Más que un asunto individual

 

Algunos de los debates más polémicos en torno al veganismo tienen lugar en Latinoamérica cuando los principios morales antiespecistas se encuentran con las realidades de muchas comunidades marginalizadas y con ciertas cuestiones identitarias de algunas regiones. En Argentina, por ejemplo, la ganadería y el consumo de carne forman parte indisociable de la identidad nacional, que es reivindicada desde muchos frentes. Los niveles de pobreza y de desnutrición en el Sur global son preocupantes y requieren de la intervención de más de un organismo y de la coordinación de políticas estatales que ayuden a paliar estos problemas, además de movilizaciones sociales con el poder suficiente como para hacerle cosquillas a la estructura sólida de los Estados. Resulta curioso, por lo tanto, que ciertos sectores del veganismo quieran instalar la dicotomía ser humano/opresor - animal no humano/oprimido. La realidad es que el carácter estructural de la violencia opera en América Latina con todo su esplendor, y que el binarismo que tratan de defender se asemeja peligrosamente demasiado a otras reducciones problemáticas y extremadamente violentas, como por ejemplo la que opera el feminismo transexcluyente con la categoría de mujer.


En efecto, la individualización del problema genera más conflictos que soluciones: la tracción a sangre debe ser abolida, pero la solución debe contemplar también la situación de los seres humanos que se valen de esa tracción a sangre para llevar un plato de comida a su casa. En consecuencia, ser antiespecista no es suficiente. Es urgente que reflexionemos sobre el gran potencial de nuestro movimiento para emancipar, no sólo a los animales no humanos, sino también a aquellos seres humanos que son excluidos sistemáticamente del acceso a la vivienda, a una alimentación nutritiva, a la educación y a los derechos del trabajo. Comprender que la violencia contra ciertos cuerpos es un problema estructural y no individual nos ayuda a reflexionar desde perspectivas más inclusivas, más efectivas y, sobre todo, más consecuentes con la idea del veganismo como un movimiento de liberación y no de exclusión. Negar las singularidades, en esta línea, resulta en una suerte de crimen teórico de odio. No se trata, entonces, de trasladar la línea de corte que nos indica cuáles vidas valen y cuáles no, sino de pensar en los motivos que nos llevan a instalar esa línea de corte en primer lugar, sus fundamentos ontológicos, éticos y políticos, y las posibilidades que tenemos de pensar por fuera de esa lógica.

Junio 2022  |  Categoría: Artículo