TEOLOGÍA DE LOS ANIMALES

El mundo del que venimos, el mundo en el que habitamos y el mundo hacia el que vamos

Camila Pérez Rizzo

“El niño de pecho jugará /sobre el agujero de la cobra / y en la cueva de la víbora / meterá la mano el niño apenas destetado / No se hará daño ni estragos / en toda mi Montaña santa / porque el conocimiento del Señor llenará la tierra /como las aguas cubren el mar” (Isaías 11, 8-9)

 

En el libro Animals on the Agenda: Questions about Animals for Theology and Ethics, coordinado por Andrew Linzey y Dorothy Yamamoto, un grupo de autores nos ofrecen una serie de artículos cuya propuesta está abocada a una relectura crítica del Génesis. Rescatando algunos aspectos de los mismos e incorporando otros, intentaremos poner de manifiesto los fundamentos que en el texto bíblico pueden servir a la causa de los derechos de los animales y analizaremos por qué resulta importante un estudio como tal para ésta.

En la introducción a la sección del libro que nos ocupa, Linzey oportunamente escribe: “la idea de que la violencia entre las creaturas no es lo que Dios originalmente buscó para ellas no es una pretensión de la propaganda en favor de los derechos de los animales contemporánea”[1]. Dicho de otra manera, la existencia de una creación armónica y pacífica, sin ejercicio de la violencia entre quienes la integran, es parte de las reflexiones bíblicas más tempranas. Es recién luego del pecado original, la consecuente expulsión del hombre del Edén y la posterior corrupción de la humanidad que condujo a la decisión de Dios de ejecutar el Diluvio, que encontramos la aparición de un ordenamiento jerárquico basado en la hostilidad de parte del hombre hacia los animales no humanos.

 

Es que lo que nos muestra el Génesis 1, 30, es una creación que era originalmente vegana. Según indica Rogerson, será el Diluvio el acontecimiento en el que se ejecute un deshacimiento de la misma. La noción de dominio/jerarquía cambia luego del arca de Noé. Luego del capítulo 6 del Génesis, la humanidad ya no tiene una tarea de cuidado hacia los animales sino que, por el contrario, en el capítulo 9 vemos descrito el temor que debe existir de parte de los animales hacia los hombres También es allí donde encontramos la aprobación de la ingesta cárnica. La “Bendición de Dios a Noé” dice explícitamente:

“ante ustedes [los hombres] sentirán temor todos los animales de la tierra y todos los pájaros del cielo, todo lo que se mueve por el suelo, y todos los peces del mar: ellos han sido puestos en manos de ustedes. Todo lo que se mueve y tiene vida les servirá de alimento; yo les doy todo esto como antes les di los vegetales [cursivas nuestras]” (Génesis 9, 2-4).

En efecto, la remisión a ese antes puede ser leída como referencia al capítulo 1 del Génesis, donde Dios dice a la humanidad:

“Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. Y a todas las fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde” (Génesis 1, 29-30).

Si hacemos una lectura general de los textos bíblicos, podemos decir, siguiendo a Linzey, que las Sagradas Escrituras ubican a la creación en el medio de dos mundos. Uno de ellos está signado por la violencia y el desorden, mientras que el otro se caracteriza por el vínculo pacífico entre las especies. El sacrificio, la distinción entre animales puros e impuros y, naturalmente, la ingesta cadavérica aparecen luego de la corrupción y el deshacimiento de ese estado original en el que Dios había puesto a todo lo creado y deben ser analizados en ese contexto.

En su contribución a este volumen, Rogerson retoma un razonamiento de Douglas Davies, en donde explica que el sacrificio es un ritual en el que las barreras que dividen el mundo de la vida pública y lo sagrado del desierto - concebido como el mundo del desorden e incluso el lugar en donde habitan demonios - son trascendidas. Es notable que para el desenvolvimiento de esta ceremonia los animales sacrificados son aquellos considerados puros pero que el sitio al que se los lleva, al final de la celebración, sea el desierto[2]. La oposición entre animales puros e impuros representa el carácter antagónico del desierto y la civilización, lo divino y lo que proviene de los demonios; por este motivo, sacrificar animales puros y llevarlos hacia el lugar de lo salvaje puede leerse como la trascendencia de ese antagonismo. Como puede notarse en el capítulo 16 del Levítico, el sacrificio realizado el Día de la Expiación lleva a cabo el purgamiento de los pecados de los hombres, que son cargados en el novillo utilizado para el ritual: “Aarón impondrá sus dos manos sobre la cabeza del animal y confesará sobre él todas las iniquidades y transgresiones de los israelitas, cualesquiera sean los pecados que hayan sometido, cargándolas sobre la cabeza del chivo [cursivas nuestras]” (Levítico, 16, 20-22). Luego, esos pecados son llevados fuera del mundo habitado por los israelitas y depositados en el desierto: “el chivo llevará sobre sí, hacia una región inaccesible, todas las inequidades que ellos hayan cometido; y el animal será soltado en el desierto” (Levítico 16, 22). De esta manera, según la interpretación de Rogerson (retomando las ideas de Davies) los pecados son removidos del pueblo, en tanto el novillo procede de un lugar sagrado y es llevado al desierto[3], traspasando así las barreras entre esos dos mundos para concretar el ritual de expiación.

Pero, más allá del simbolismo representado por festividades como la del Día de Expiación, es válido preguntarnos cómo es posible conciliar el dictamen de Dios hacia los hombres para ejecutar el sacrificio de animales con la creación originaria de parte de la misma divinidad que consagraba un mundo en que los animales no eran aniquilados, ni siquiera utilizados como alimento. Más aún, debemos preguntarnos cómo es posible conciliar la existencia de pasajes como los citados sobre el Levítico y los de otras secciones del Antiguo Testamento que condenan el sacrificio, como el que aparece en Isaías, 66:

“Se inmola un buey / y se mata a un hombre / se sacrifica un cordero / y se desnuca un perro / se presenta una oblación /   y se ofrece la sangre del cerdo / se quema un memorial de incienso / y se bendice una iniquidad (…) / yo llamé, y nadie respondió / hablé, y ellos no escucharon / sino que hicieron lo que me desagrada / y eligieron lo que yo no quiero” (Isaías 66, 3-4).

La clave para responder esto radica en algo que hemos mencionado más arriba, a saber, el quiebre que el Diluvio significó para lo creado. El Diluvio fue enviado por Dios para deshacer la creación que él mismo había realizado[4] y esto puede comprenderse en dos aspectos de esa destrucción. En primera instancia, Dios destruyó todo aquello que no estaba en el arca construida por Noé; en segundo lugar, deshizo la creación de la manera en que ésta había sido concebida originalmente, motivado por el pecado original y la corrupción del hombre. La convocatoria a realizar rituales de sacrificio puede ubicarse en el mismo contexto que la ingesta cárnica: luego del Diluvio, la nueva legislación divina hacia la creación autoriza un orden jerárquico entre humanos y animales, basado en la violencia. En esta línea, se puede afirmar que “leídos en conjunto, los mandatos a la creación pre y post Diluvio implican que el mundo en el que vivimos no es el que Dios quería o quiere para las creaturas (…). Es sólo después del diluvio que esta violencia aparece y el mundo se convierte en el que habitamos hoy por hoy”[5].

Con todo, no se debería dejar pasar que la respuesta que hemos ensayado omite explicar el pasaje que citamos de Isaías. Aquí, la tesis de Rogerson puede servirnos de auxilio nuevamente, mediante la lectura de la profecía que figura en Isaías 65, 17-25. Para Rogerson, lo que se muestra en esos pasajes de los textos bíblicos es la re-creación del mundo, en la que nuevamente éste vuelve a ser vegano[6]. La condena al sacrificio en Isaías 66, traída anteriormente, puede interpretarse de la misma manera; es decir, en la re-creación del mundo el sacrificio vuelve a ser condenado porque la violencia entre especies lo es.

Sin embargo, la tensión entre la existencia del mundo actual, signado por la guerra entre los humanos y el resto de las creaturas, y el mundo originario está presente, inclusive, en la ingesta de la humanidad posterior al Diluvio. Para Houston, la diferenciación entre animales puros e impuros evidencia dicho conflicto, ya que las restricciones en el consumo de carne que están presentes en la Torah pueden verse como una mediación entre la contradicción de lo establecido en el mundo que vemos antes del Génesis 9 y el que encontramos luego[7].

Los artículos de Animals on the Agenda que estudian estos tópicos buscan problematizar el desenvolvimiento de los mismos y responder a la pregunta por la forma de vivir que debemos adoptar el tiempo en el que estamos, que es un tiempo intermedio, entre creación y consumación, a fin de anticipar la visión bíblica de la paz universal. Como explica Muddiman, la visión cristiana y la judía no concibe que el mundo se haya corrompido inevitablemente por el pecado original sino que aunque sigue siendo aquel que Dios había creado originalmente, es constantemente corrompido por los sucesivos pecados. Si los humanos dejáramos de pecar, el mundo podría empezar a recuperarse[8]. Si cambiamos la manera en la que concebimos a los animales no humanos, podríamos comenzar un camino apartado del pecado. La fundación “Oxford Centre for Animals Ethics” – dirigida por Linzey – se inscribe en este objetivo, siendo ésta la razón primordial del desarrollo de sus investigaciones y publicaciones. El primer paso para erradicar la violencia que atraviesa nuestro mundo es modificar las ideas que nos rigen o, dicho de otra forma, cambiar el fin y el fundamento que anima nuestras acciones. Si comprendemos que el fundamento de la creación divina no fue la hostilidad sino la armonía entre las especies y el valor intrínseco de cada una de ellas y el fin al que nos direccionamos es la vuelta a esa originalidad, entonces podemos construir desde hoy una realidad verdaderamente distinta.

Para los cristianos, la historia de la creación se reafirma en la llegada de Jesús; ella es un llamado a volver al mundo de la paz. Pero para que ese retorno sea en rigor tal, debe verse como la vuelta hacia aquel mundo original de los inicios del Génesis que ya hemos relatado. En este sentido, la llegada del Mesías no puede pensarse desde una perspectiva antropoespecista. Por el contrario, la encarnación debería ser celebrada como el amor de Dios hacia la carne, no solamente humana sino la de todas las especies sintientes[9]. El provechoso fin de elaborar desde la teología una relectura crítica de este tipo es la convocatoria a edificar ahora mismo, en este mundo intermedio en el que habitamos, una vida regida por los principios con los que Dios llevó a cabo la creación. Emprender ese camino es lo que podrá coartar la corrupción constante en la que estamos sumidos para acercarnos a las profecías que tan bellamente están relatadas en Isaías y, en definitiva, a la salvación.

 

[1] A. Linzey (ed.) y D. Yamamoto (ed.), Animals on the Agenda: Questions about Animals for Theology and Ethics, Gran Bretaña, Illini books ed., 1998, p. 3

[2] Cfr. J. W. Rogerson, “What was the meaning of animal sacrifice?” en A. Linzey (ed.) y D. Yamamoto (ed.), Animals on the Agenda: Questions about Animals for Theology and Ethics, Gran Bretaña, Illini books ed., 1998, p. 24

[3] Cfr. Ibíd., p. 11

[4] Ídem

[5] Ibíd., p. 12

[6] Ídem

[7] Cfr. W. Houston, “What was the meaning of classifying animals as clean or unclean?” en A. Linzey (ed.) y D. Yamamoto (ed.), Animals on the Agenda: Questions about Animals for Theology and Ethics, Gran Bretaña, Illini books ed., 1998, p. 24

[8] Cfr. Ibid., p. 28

[9] Cfr. A. Linzey (ed.) y D. Yamamoto (ed.), Animals on the Agenda: Questions about Animals for Theology and Ethics, Gran Bretaña, Illini books ed., 1998

Octubre 2022  |  Categoría: Artículo