COVID Y PANDEMIAS

La carne de los animales de producción intensiva y la Covid-19

Mónica B. Cragnolini

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La pandemia de covid-19 nos ha recordado lo que algunos virólogos, interesados en el medio ambiente, nos vienen alertando desde hace décadas: el vínculo entre las zoonosis  y la producción intensiva de carne, leche y huevos.  Con el inicio de la pandemia de covid-19, el texto de Rob Wallace, Big Farms make Big Flu, de 2016, fue recordado en muchos medios de comunicación, y se le hicieron gran cantidad de entrevistas a su autor. Es que el panorama que Wallace planteaba hace un lustro era muy claro: si continuamos con este estilo de producción de alimentos de origen animal, las zoonosis se irán convirtiendo en enfermedades cada vez más globales y frecuentes.

En la introducción a este libro, Wallace señala el lugar crítico en que se encuentra en tanto biólogo evolucionista, que considera que deben estudiarse no solo las cuestiones biológicas, sino también las sociales, políticas y económicas, para comprender el flujo de las nuevas enfermedades virales emergentes (lo que implica acercarse a las ciencias sociales). “Entre  dos epistemologías”: así se siente ubicado el autor: de un lado, los cientistas sociales que desconfían del positivismo de las ciencias biológicas, y del otro,  los virólogos, que  ponen en cuestión las construcciones teóricas no basadas en las prácticas de laboratorio. Es que Wallace advierte claramente el papel de la política en las nuevas enfermedades emergentes, y “como quienes dicen servir a la población están dispuestos a correr el riesgo de acabar con la humanidad (algo que los lectores de Herodoto, Montaigne y Melle Mel saben)”.[1]

En su estudio sobre los nuevos virus del siglo XXI, la tesis de Wallace es que no hay que plantear teorías conspirativistas de creación de virus en laboratorios, sino que hay que comprender que la conspiración es una suerte de alianza entre los virus y los humanos dedicados a los agronegocios.

 

Lo que está aconteciendo

 

El fenómeno que deberíamos analizar, y del cual la pandemia actual es una muestra adecuada, es la gran cantidad de enfermedades zoonóticas emergentes. La “epidemiologia uga-buga”,[2] como la denomina Wallace, atribuye esta situación a los  entierros domésticos y a las costumbres de ingesta de animales salvajes. Con la pandemia de covid-19, en los medios de comunicación se alzaron muchas voces acusando de la situación a las “costumbres primitivas” de algunas comunidades. Como si la civilización fuera el muro adecuado para contrarrestar las pandemias cuando, como veremos, es justamente el “avance civilizatorio” el que genera la eclosión de nuevas enfermedades zoonóticas. Este “avance” debe ser considerado en varios sentidos: en primer lugar, las tierras se han convertido en activos financieros, con la consecuencia de la emigración de las poblaciones autóctonas a las grandes urbes, y el consiguiente hacinamiento en éstas. Los contagios por covid-19 evidenciaron este aspecto del hacinamiento en la propagación de enfermedades: las residencias geriátricas y los barrios vulnerables fueron los que recibieron el primer impacto fuerte del desarrollo de la enfermedad en su primera ola, antes que se implementaran de manera masiva las medidas de precaución y de cuidado que se han hecho habituales.

Con esta nueva idea de la tierra como activo financiero, se conforman las nuevas geografías y fronteras del capital: en América Latina tenemos las “repúblicas de la soja” en Bolivia, Paraguay, Argentina y Brasil. Para que esto sea posible, la deforestación debe avanzar a pasos de gigante en nuestras tierras, obligando a las especies autóctonas a emigrar, en condiciones inmunológicas deprimidas por el estrés del cambio y del desplazamiento de sus hábitats. Por otro lado, los bosques son los grandes reservorios (y resguardadores) de virus: por ejemplo, se considera que los murciélagos son el reservorio del ébola, y el desplazamiento de estos mamíferos de sus lugares habituales contribuye a la expansión de la enfermedad. Tres cuartas partes de las EID (enfermedades infecciosas emergentes, siglas en inglés) son de origen zoonótico,[3] es decir, trasmisibles desde animales a humanos, y fue justamente el ébola, en su aparición en 1976 en África Central, lo que ayudó a comprender la vinculación entre deforestación y zoonosis. Los bosques arrasados se tornarán tierra de cultivo de soja o maíz, fundamentalmente para alimento de los animales de producción intensiva, erosionando el suelo por los monocultivos y los agrotóxicos. La alteración de los suelos, el aire y la tierra genera transformaciones que obligan a los agentes patógenos a “salir” de sus reservorios naturales.

Estas “nuevas fronteras del capital” que anuncia Wallace implican también alianzas, por ejemplo entre el Big Pharma  y el Big Food: la necesidad de una gran producción de alimentos para una población mundial siempre creciente supone también la superproducción de medicamentos, como  antibióticos para los animales estresados con sistemas inmunológicos debilitados por el hacinamiento y el maltrato, y “mejoradores de la nutrición” que atacan la microbiota intestinal para ralentizar el metabolismo y favorecer el engorde. Toda la industria farmacéutica que opera en la producción intensiva de animales supone una alteración de la  vida de éstos que  sería impensable si se considerara al animal como algo diferente de la “mercancía”. En este punto se advierte la utilidad de pensar al animal como bête-machine: asimilar una vida a un dispositivo mecánico exonera de la culpa de estar generando sufrimiento a un sintiente, y permite pensar a esa vida solo en términos de utilidades, ganancias y pérdidas.    

 

El diagnóstico

 

Wallace considera que hay que hacer virología social-cultural y señalar las líneas del capital para indicar otros “culpables”, muy diferentes de los pueblos considerados “primitivos” en sus costumbres, sea de ingesta, sea de vínculos con sus muertos.  El aumento de la incidencia de los virus está estrechamente relacionado con la producción de alimentos y la rentabilidad de las empresas multinacionales: lo que se debe investigar es el modelo de los agronegocios, especialmente en lo que respecta a la producción ganadera.

El modo de operatoria de las empresas multinacionales dedicadas a los agronegocios implica una estructura vertical de gestión de empresa: se compran las tierras fiscales o privadas que se utilizarán para el cultivo de alimento para animales, se las deforesta generando la expulsión de las especies autóctonas, se las monocultiva con uso de fertilizantes que acidifican el suelo y agrotóxicos, se expulsa a las poblaciones locales que van a hacinarse a las urbes, se crean megagranjas con condiciones de hacinamiento, ahora para los animales, cuyos sistemas inmunológicos se debilitan, allí interviene Big Pharma con la utilización de antibióticos y medidas de bioseguridad, se destruye la ganadería local que tiene menor acceso a la bioseguridad, los animales van a los mataderos, y se distribuye la carne. Este organigrama de actividades supone un círculo infernal para pobladores locales y especies autóctonas y animales de producción intensiva, y un círculo de megaganancias para las empresas multinacionales.

 

¿Qué hacer?

 

La pregunta “¿qué hacer?” en una situación tan compleja como la del aumento de la población mundial y la consiguiente necesidad de alimentos parece chocar siempre con la “naturalización” de la ingesta lacto-ovo-cárnica y su aporte proteico. No entraremos en la discusión de este tema, que evidencia la necesidad de la educación nutricional adecuada, y la caída de los paradigmas “naturalizados” de los “valores” de la ingesta cárnica, pero sí indicaremos dos líneas de la propuesta de Wallace. Una de estas líneas es de carácter más “académico”, en la medida en que señala la necesidad de lo interdisciplinario para estudiar la problemática de las enfermedades zoonóticas, para no quedar atrapado en los prejuicios de la propia disciplina. En este sentido, la apuesta de Wallace es la de pensar más políticamente de lo que habitualmente se estila en las ciencias duras: la virología debe tener en cuenta los factores económicos, sociales, culturales y políticos que alteran los ecosistemas y las formas de vida, desencadenando las zoonosis. La otra línea, de carácter más práctico, implica una reestructuración de las ecologías.

Pensemos, por ejemplo, en la cuestión del avance de las megaempresas sobre los bosques del planeta.  El tema de la deforestación, tal como lo conocemos en los países latinoamericanos, está estrechamente vinculado a los commodities: aquellos productos indiferenciados  (materias primas) que se extraen, cultivan, producen y negocian en grandes cantidades, y que generan una gran liquidez en los mercados.

La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2002  generó un “superciclo de commodities”, en una situación similar a la acontecida en otros países en 1920 y 1970, años que se reconocen como de gran abundancia de este tipo de negocios. Argentina se convirtió en “granero del mundo” en 1880, y con un ciclo persistente de por lo menos cuatro décadas de gran exportadora de maíz, carne y harina, y de consumidora de manufacturas. Nos ubicamos en el mercado mundial como proveedores de commodities. Con respecto a ese commodity que es la soja es necesario tener en cuenta que hoy en día es una de las principales materias primas del ecosistema alimentario mundial, ya que no sólo sirve para la nutrición del ganado (como harina), sino que el aceite de soja es utilizado tanto en alimentación humana como en la producción de biocombustibles. El 80 % de la producción mundial de soja se halla en manos de tres países: Brasil, Estados Unidos y Argentina.

El factor a considerar, como señalamos antes,  es el crecimiento de la población mundial, especialmente en países como China e India, lo que implica una gran demanda a nivel de alimentos. El Foro Económico Mundial estima que el número de la población mundial alcanzará los 9.800 millones para 2050, lo que significará una mayor demanda de alimentos, pero también de energía, razón por la cual en los últimos tiempos se propugna el paso desde las energías fósiles a las “energías verdes” (con todos los aspectos críticos que supone este paso, como lo ha mostrado el film “Planet of the Humans” de Jeff Gibbs, de 2020).[4]

 

 

El “virus chino”

 

Cuando apareció la covid-19, el discurso de Donald Trump siempre implicaba la referencia al “virus chino”. La Organización Mundial de  la Salud, ante la caracterización de las diferentes variantes del SARS-COV-2 en relación a sus lugares de origen (la cepa “Manaos”, la cepa andina, etc. ha solicitado (como en otros momentos) una actitud menos “estigmatizadora” de determinados países o zonas, y más políticamente correcta. Ahora bien, como lo explicita Wallace,  China se ha convertido en epicentro de las enfermedades infecciosas de los últimos tiempos. Lo que hay que recordar es que la restauración capitalista iniciada por Deng Xiaoping a fines de la década del 70, generó que las “Zonas Económicas Especiales” fueran receptoras de una gran cantidad de inversión extranjera directa (IED). En la década del 90, China era el país con más IED luego de Estados Unidos de América,  sobre todo con inversiones extranjeras gigantescas en la producción de carne. El modelo de los agronegocios antes descripto como ese esquema vertical, que trae como consecuencia la emergencia de nuevas enfermedades zoonóticas, no se debe a China sino a las empresas norteamericanas que llevaron ese modelo de producción a distintas partes del mundo.

Para Wallace, el aplicar en la OMS taxonomías políticamente correctas, trae como consecuencia la procrastinación y evasión de responsabilidades por parte de los países implicados en la producción de enfermedades, por eso es necesario identificar las zonas de generación de cepas, para advertir todas las variables políticas, económicas, sociales y culturales a tener en cuenta para explicar la emergencia de los patógenos.

¿Qué hacer ante el esquema productivo de las multinacionales de agronegocios? Según Wallace, debería ser abolida la industria avícola  en su actual red globalizada, devolver la producción a granjas locales (diversificando la cuestión genética actual de las aves de producción), y restaurar los humedales de todo el planeta para que las aves migratorias (portadoras de los virus de la gripe, así como los mamíferos portan los coronavirus) no transiten por tierras agrícolas.

En diversas entrevistas y conferencias que dictó Rob Wallace a raíz de la aparición del Sars-Cov-2, se encargó de advertir que numerosos patógenos  seguirán amenazándonos: el virus de la peste porcina africana, el Cryptosporidium  o Cyclospora, los ébolas Makona y Reston, la bacteria Escherichia coli O157:H7, la fiebre aftosa, la hepatitis E, la listeria, el virus Nipah, la bacteria Vibrio, la yersínia pestis, algunas nuevas variantes de gripe,  como h1n1,h1n2 v, h3n2 v, h5n1 , h5n2 , h5n x, h6n1 , h7n1 , h7n3, h7n7, h7n9 e h9n2. Todos estos patógenos están ligados a la agricultura intensiva. La monocultura de capital intensivo habilita la introducción de patógenos en la cadena alimentaria, la producción los refuerza con los antibióticos, y la distribución los envía a circular por todo el mundo. Si estas nuevas enfermedades se generan a partir de las redes ecosistémicas del capital (o del poder estatal),  ninguna medida sanitaria o vacuna representa una solución al problema. Lo  que debe estudiarse es la circulación del capital global que financia las prácticas que dan lugar a la emergencia de nuevas enfermedades. Si se advierte que las nuevas ecologías son producto de la imposición imperialista o neoliberal, para Wallace se torna necesario reconstruir economías locales que no son destructoras del medio ambiente. Por ello, apunta a la diversificación que retome la sabiduría de los pueblos originarios en su relación con el medio ambiente, lo que supondría ciclos de regeneración de la tierra, recuperación de  paisajes rurales, forestales, recursos hídricos locales, reintroducción de diversidad en las especies animales. Resumiendo, la oposición al modelo único de los agronegocios como forma de circulación global del capital, desde el respeto a la biodiversidad.

 

[1] R. Wallace, Big Farms make big flu. Dispatches on Infectious Disease, Agribusiness,and the Nature of Science, New York, Monthly Review Press, 2016, p. 11.

[2] R. Wallace, “Agronegócio, poder e doenças infecciosas”, agregado a la traducción al portugués de Big Farms makes big flu, como Pandemia e agronegócio, Editora Elefante, 2020, referencia en  p.338.

[3] https://www.cdc.gov/onehealth/basics/zoonotic-diseases.html?

CDC_AA_refVal=https%3A%2F%2Fwww.cdc.gov%2Fabout%2Ffacts%2Fcdcfastfacts%2Fzoonotic.html

 

[4] Véase en https://youtu.be/Zk11vI-7czE

Octubre 2021  |   Categoría: Artículo